Enrique Dans escribe esta semana en su columna en Libertad Digital una reflexión sobre la que mucho se habla y sobre la que ya nadie puede dudar (la viva o no, la sienta o no, ... pero es hoy algo que no se puede dudar): La movilidad como estado natural.
Yo quizás me identifique mucho más que otras personas en lo que el comenta, porque vivo muchos días en total movilidad. El portátil, la tarjeta HSDPA, la BlackBerry... son mi ojos, mis manos, mis herramientas de trabajo en un mundo que se mueve, y que se mueve cada vez más deprisa. Tengo la suerte (suerte¿?) de que mi trabajo (en gran parte) lo puedo desarrollar desde la mesa de mi despacho, o desde casa, o desde un aeropuerto, o desde un hotel, o desde la oficina de Lisboa, o desde la de Puertollano, ... la información que uso a diario se mueve conmigo, la toma de decisiones, la búsqueda de información, la coordinación de mi equipo de gente, la comunicación con otros departamentos de la compañía o con colaboradores externos, el desarrolo de mi actividad normal, casi por completo es móvil la puedo traer y llevar conmigo... eso hasta hace unos años era una utopía... hoy además de ser una realidad es un NECESIDAD.
Esto que cuento en primera persona, en mayor o menor medida, esta cada vez más extendido. Los avances tecnológicos afectan y ayudan a todo el mundo... sólo hay que tomar como ejemplo el teléfono móvil, se ha convertido en muy pocos años, estar al alcance de unos pocos a ser un aparato que todo el mundo utiliza y no puede prescidir de el... es movilidad, pero sólo la punta de un enorme iceberg...
"Cada día más, nuestra relación con la tecnología pasa de ser esporádica, ocasional durante determinados períodos del día, a ser constante, continua".

Tema interesante. Realmente es libertad o es más ataduras. Hay momentos en que pienso que se trata de una maldición. Hace unos años uno se iba de viaje (de negocios) y sabía que iba a descansar de la rutina diaria, que llegaba el fin de semana y que podría echarse a dormir la bartola sin problemas. Que se iba de viaje de vacaciones y seguía descansando, que iba a la peluquería y podría ponerse a pensar en sus cosas o hablar con el peluquero, que se iba a cenar y podía disfrutar de la comida, de la bebida y de la conversación, que iba al médico y estaría en silencio en la sala de espera esperando su turno, que iba de compras y solo tenía que fijarse en los escaparates... Pero ahora resulta que en cualquier actividad que hacemos seguimos trabajando... por eso este tema me provoca sentimientos encontrados: por un lado es un gran avance, pero por otro parece un grillete que nos hemos puesto nosotros mismos y además muy contentos.
Siempre queda la opción de apagarlo todo, pero conforme te enganchas cuesta más renunciar a ello (lo digo por experiencia propia).